Estos
días hemos recibido, si la bondad nos ha caracterizado a lo largo del año, uno
o varios presentes. Los monarcas mágicos o su colega de nívea barba y bermejo
atuendo nos han dejado obsequios más o meno anhelados. Todos llevan sus
etiquetas que nos dan información variada de su lugar de fabricación,
composición, condiciones de lavado – en caso de vestimenta - ingredientes – en
caso de alimentos – así como otros códigos alfanuméricos de significado a
priori incomprensible. También se ilustran con ese conjunto de barras que dan
un toque africano al conjunto cual cebra simplificada.
Tengo
la excéntrica costumbre de leer las etiquetas. Esta literatura breve y críptica
nos aporta más información de la que creemos. Por ejemplo nos cuentan que la
mayor parte de los ropajes que van sobre nuestro cuerpo proceden de Asia
oriental, o que los alimentos que consumimos han viajado por el mundo más que
muchos de nosotros, antes de llegar a nuestra boca. Dentro de esta última
dimensión espacial me llaman la atención las verdades ocultas que se nos
escapan. Me refiero al hecho de que marcas tradicionales y conocidas de viandas,
en realidad sólo se envasan en España. Por ejemplo, el conjunto de marcas
asociadas a los espárragos conocidos como Cojonudos (perdón por el exabrupto) y
que consideramos navarros, son cultivados en China. Los pimientos del Piquillo
que como propios los compramos se crían en Perú. O las legumbres de marca
leonesa, tan clásicas, recorren el Océano Atlántico en barcos contenedores
desde Canadá o EE.UU.
Me
resulta incompresible que con tan buenas lentejas y garbanzos que se crían en
La Armuña, y que dan trabajo a nuestros paisanos, veamos en los supermercados
estos productos traídos hasta de Méjico. Yo por mi parte consumo estas
leguminosas a partir de las cultivadas en el oeste salmantino o las procedentes
de Fuentesaúco. Lo hago por coherencia, pues creo que hay que tratar de
proteger a los habitantes de nuestros pueblos adquiriendo los alimentos que
producen. También lo hago por la salud del medio natural, sólo hay que comparar
el consumo de combustibles de unos garbanzos mejicanos con los sembrados en
Pedrosillo. Y por último, por el puro placer de seguir viendo esos paisajes de
llanura machadianos donde pueden criar avutardas y aguiluchos cenizos: estos
cultivos protegen la biodiversidad.
Pero
cambiando de tercio y llegando al título de la columna, ando últimamente
encabritado con otra faceta de las etiquetas. Se trata de esos dispositivos de
seguridad que llevan y provocan que uno pite después de haber comprado el
producto, cuando entra en distintos establecimientos. En mi caso me sucede con
la ropa de adquirida en esa gran superficie del deporte (eufemismo para no
mencionar marcas). Cuando accedo a esas otras grandes superficies de la
alimentación, siempre me tengo que sonrojar cuando al pasar por esas columnas
de seguridad sueno como un semáforo abierto a los peatones. Y la situación se
complica cuando hay un guarda que te pasa ese escáner manual de manera poco
decorosa. Unos y otros establecimientos tienen que analizar esta situación,
pues incomodan a muchos clientes que optan por cambiar de lugares de compra, al
ver afectada su intimidad e incluso su dignidad. También me preocupa el efecto
sobre la salud no suficientemente estudiado de dichos dispositivos. En un
entorno donde vivimos rodeados de ondas de móvil, señales de wi – fi y etiquetas que pitan, uno se siente un tanto
indefenso y vulnerable. En fin, aprovecho para desearles un 2012 grato,
complaciente y leal con nuestra realidad.
