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lunes, 2 de abril de 2012

Poesía en la Naturaleza II


Nos queman la literatura. Mientras esta hoja se cubre de letras, millones de otras hojas se cubren de llamas. Arde El Bosque Animado, desde Furacroios hasta el alma en pena de Fit de Cotobelo, todos sus habitantes huyen asustados. El bandido Fendetestas ignora quien ha sido, quien ha generado tal despropósito; siendo él de los buenos malos, detesta a los malos de verdad, a los del daño sin sentido. Las gentes abandonan las aldeas, los mesones se vacían por el miedo, las posadas ya no acogerán caminantes en muchos años. La Fraga de Eume incendiada… negro por verde, muerte por vida, gritos por cantos. Wenceslao Fernández Flores se revuelve en su tumba lanzándose a escribir una crónica quejumbrosa, doliente, gravemente molesta.

 Nos queman la literatura. Nos dejan despaisajados como declamaba Ortega y Gasset. Y la literatura sin paisaje, se merma y se empobrece. Delibes no concebía una historia sin un paisano, un paisaje y una pasión, y ahora los tres sufren de la amnesia que provoca el fuego. Y hasta ahora no ha habido, a penas, libros sin árboles; todo libro ha sido árbol…los viejos libros huelen a bosque en otoño, a pisadas secas en un invierno sin lluvias.

Nos queman la literatura. Nos dejan sin escenario narrativo en un mes en el que debemos celebrar la entrada de un Escritor de la Naturaleza con mayúsculas, en la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes. Un planbosques activo, un plantalibros reconocido, un hortelano de la palabra. Un pastor de cabras con el que he compartido el triscar por la sierra de las Corchuelas siguiendo cencerros y cornamentas. Paradojas de la vida que el creador del Bosque de Bosques sufra la pérdida del Bosque Animado, literal y literario, en la semana en que los músicos, pintores y escritores le reconocen como uno de los suyos. El maestro y amigo Joaquín Araujo entra en la Academia sembrando vivacidad.

Pero tenemos manos. Manos para agarrar la azada y devolver la Sonata del Bosque a esta fraga atlántica. Para meter en la tierra las semillas que la primavera despertará, para levantar de nuevo el telón y que los decorados revivan. No nos queda otra que plagiar a Elzeard Bouffier el personaje de Jean Giono, quizás uno de los pocos plagios plausibles. Imitar su altruismo plantando sin cesar día a día, año a año. Así gozaremos de nuevos escenarios de inspiración, caldos de cultivos de versos y aforismos. Cultivaremos vocaciones que lleven sus inquietudes a la escritura, a querer narrar lo vivido y observado, a aprender para enseñar. Plantaremos libros al igual que el académico Araujo.

Pero tenemos manos. Manos para teclear y reclamar en periódicos de papel y digitales justicia para el monte, justicia para los que de él viven y sobreviven. En cada pastor, cada agricultor o cada hostelero del turismo rural, nos hemos de ver reflejados porque todos somos usuarios y beneficiados de la Fraga de Eume. Su oxígeno nos ha llegado, su biodiversidad ha pasado por nuestros parques y pueblos, sus historias han alimentado nuestras lecturas y sueños. La Fraga es nuestro bosque, tanto como la dehesa o el rebollar. Sirvan pues estas manos, las que ahora veo sobre el teclado como herramientas de esa repoblación. Y las suyas, las manos que ahora sujetan esos árboles convertidos en páginas serán bienvenidas. Si queremos ver florestas miremos nuestras manos.

A todos, como a Joaquín nos debe amparar y enseñar lo mirado. Gracias Araujo por atalantarnos con tus letras.

domingo, 2 de octubre de 2011

Una nueva columna de opinión en El Adelanto. Quemando el patrimonio rural

Calcinar la belleza, sea por el interés que sea, es por sí mismo un delito. En varias ocasiones he presenciado fuegos y sus consecuencias, provocándome un sentimiento que mezcla tristeza y rencor, sobre todo si conocía la zona con anterioridad. En la Alcarria un fuego de 2.000 hectáreas provocó que en 4 días experimentara la atrocidad de un gran incendio y la humanidad de las personas que intervinieron en su extinción. Profesionales de los retenes aunados con los lugareños a los que les ardía su historia y su economía. Todavía recuerdo la sensación de ahogo provocada por el calor y las cenizas que nos llovían; el olor a monte carbonizado era absorbido por la ropa, la piel y los cabellos, permaneciendo varios días antes de desaparecer del todo.



Antes había vivido otros en Bohoyo – Ávila - y Crémenes – León - y también, tiempo después, cerca de Almazán en Soria. De este último recuerdo el silencio del pinar enlutado días después del suceso. Era como la primavera silenciosa de Rachel Carson, nada, ni un zumbido. Eché de menos el penetrante y hastiante chirrido de las chicharras que días antes superaban mis nervios. También había un segundo silencio, tras la alegría de la extinción. De él se servían los paisanos para expresar su pesar, aunque no todo era conformismo. Estaban los que blasfemaban y juraban contra el pirómano.





Verdades públicas pero encubiertas rodean la vida de los pirómanos. La mayoría de ellos son conocidos en los pueblos, pero temidos por las venganzas y los rencores. En sus razones se apela a la locura, el resarcimiento o los intereses económicos. Pero hay que llamarlos por su nombre: asesinos. Asesinan los paisajes y los recursos vitales de los paisanos, asesinan sus recuerdos y vivencias, asesinan la vida que respira en el interior de los bosques o páramos y por desgracia asesinan personas. Aquí el concepto de homicidio involuntario es un eufemismo con el que no puedo, pues casi todos ellos son conscientes de que el fuego tiene vida propia y puede terminar donde menos se prevé, o exactamente ahí, donde se prevé.



¿Qué hacer con ellos? Al margen de la aplicación de la ley es de esperar que la justicia divina o terrenal provoque en ellos cierto sufrimiento que les conduzca al arrepentimiento. Pues tal y como hemos visto la semana pasada, estos personajes suelen salir inocentes de las catástrofes que generan. El autor confeso y retractado que calcinó 1.342 hectáreas en Villarino de los Aires durante del verano de 2010 ha salido libre. La juez considera que aunque de lo actuado se desprende que los hechos investigados son constitutivos de delito, no existen motivos suficientes para atribuir su perpetración al imputado. Vamos que aunque se declaró culpable y luego dio marchas atrás, nada se puede hacer.

Quizás haya quien piense que tampoco es para tanto, que así se limpia el monte o que en breve se regenera. Quizás quien piense así no tenga un restaurante en la zona, una casa rural, un bar o sea un esforzado guía. Todos y cada uno de ellos viven del paisaje que se esfumó en poco tiempo y por tanto todos perdieron ingresos. Si a las complicadas economías arribeñas les arde el patrimonio natural y cultural ¿A quién pueden apelar? Los Arribe son sólo una bella postal, para ellos es su medio de vida.