Hace diez años, por estos días de
noviembre, el Prestige se hundía frente a las costas gallegas. Unas 77.000
toneladas del peor petróleo que se transporta por el mundo, enlutaron el mar y
sus playas, provocando el peor accidente ambiental de la historia de España.
Los errores en las posibles soluciones al problema, derivados del alejamiento
del buque mar adentro, respondieron a la indeferencia que se vertió sobre los
técnicos y sus propuestas. Como consecuencia, un daño en la naturaleza de
dimensiones ciclópeas y un importe económico, solo en la limpieza del vertido y
sellado del barco, de unos 10.000 millones de euros. Ésta cifra, es una manera
de valorar lo que vale parte de nuestra costa solo por estar sana, a la que
habría que añadir los números de sus beneficios directos relacionados con la
pesca y el turismo.

Tras esta marea negra, vino la
marea blanca, aquel aldabonazo de la sociedad española sin precedentes
conocidos. Miles de voluntarios se desplazaron desde cualquier parte de España
a retirar toneladas de chapapote a base de trabajo y compromiso. Como dicen los
pescadores de la zona, si no llega a ser por las personas que ayudaron, no
sabemos lo que hubiera sido de nuestra tierra. Todos tenemos un amigo o un
familiar en Galicia, por ello todos sentimos como un dolor propio lo sufrido
por este pueblo. Ahora el tiempo todo lo olvida, pero las gentes de la zona
siguen viendo de cuando en vez, los restos tóxicos que aún vomita el mar. Y
también les vuelve ahora el recuerdo, cuando pasados 10 años se celebra el
juicio: toda una metáfora de la velocidad judicial en este país, al menos en
materia ambiental.

Si bien a todos se nos antoja ya
lejos en el espacio y el tiempo aquel paisaje dantesco, es necesario recordar
que cada día, cada mes y cada año se vierten en nuestras ciudades toneladas de
tóxicos derivados del petróleo. Los tubos de escape de los vehículos son el
Prestige diario que vomita su marea negra hacia ese otro azul infinito que es
el cielo y su atmósfera. Los daños que se llevan provocando en las últimas
décadas se pueden ya ver semana a semana en los caprichos de la meteorología,
es sus variaciones inesperadas, en los glaciares que se han perdido y si se
siguen perdiendo, añadiendo nunca mejor dicho, más leña al fuego.

A pesar de los cientos de
campañas de concienciación, de los dineros invertidos para que cada ciudadano y
ciudadana actúe de una manera consecuente, únicamente la crisis ha provocado un
cambio sustancial. Únicamente la crisis está haciendo que la gente utilice
menos el coche, que reduzca la velocidad para menguar el consumo, que las
autopistas pierdan el 25 % de sus ingresos y que sus usuarios circulan por las
nacionales con un menor consumo energético y económico.
Será bueno que cada vez que nos
plateemos un desplazamiento pensemos si es necesario realizarlo en coche, si no
adelantaremos lo mismo andando o en transporte urbano. Será necesario que cada
vez que encendamos el motor o aceleremos sin sentido, pensemos en ese mar del
que tanto disfrutamos o en las locuras del clima que se llevan por delante
economías de amigos y familiares. En resumen, ya sea por la crisis o por la
responsabilidad compartida, piensa en cómo te mueves por la ciudad, por tu
pueblo o por el campo, y actúa en consecuencia.